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VIOLENCIA DE GÉNERO Y SALUD MENTAL

3.1 FORMACIÓN BÁSICA SOBRE VIOLENCIA DE GÉNERO

Según Naciones Unidas, la violencia contra la mujer es «todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada.

La violencia contra las mujeres tiene su origen en un sistema de relaciones de género anclado en la organización social y en la cultura que, a lo largo de la historia, ha defendido que hombres y mujeres deben tener o tienen distintas cualidades y roles, donde prima la superioridad de lo masculino.

Estos roles estereotipados asignan la dominación, el control y el poder a los hombres, y la obediencia, la aceptación de la autoridad masculina y la dependencia a las mujeres. En ese contexto, se tolera socialmente que los hombres hagan uso de la violencia dentro del ámbito familiar para afianzar su autoridad. La educación y socialización de hombres y mujeres precisamente ha contribuido a perpetuar ese orden social establecido. Por tanto, el maltratador no nace como un agresor, sino que aprende cultural y socialmente a ser violento.

Para entender cómo se originan estas relaciones estructurales de desigualdad debemos partir de dos conceptos:

  • Sexo: Diferencias biológicas, anatómicas y fisiológicas, entre hombres y mujeres.
  • Género: Construcción cultural que hace una sociedad a partir de las diferencias biológicas. Mediante esta construcción se adscriben cultural y socialmente aptitudes, roles sociales y actitudes diferenciados para hombres y mujeres atribuidas en función de su sexo.

Desde los comienzos de la historia de la humanidad, a la mujer se le ha considerado como un ser inferior con respecto al hombre. A cada uno de los sexos se les asigna un conjunto de características que se han convertido en estereotipos y que siguen el siguiente patrón:

  • Hombre: Relacionado con atributos como la fortaleza, la autonomía, la seguridad, la agresividad, la objetividad, la actividad, la valentía…
  • Mujer: Vinculada a la debilidad, la maternidad, la emotividad, la dependencia, la inseguridad, la ternura, la pasividad, el servilismo, la cobardía…

A partir de esta construcción social del género, y de los atributos asignados a cada uno de los sexos, se han creado las relaciones estructurales de desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.

3.1.1 Tipos de violencia de género

VIOLENCIA FÍSICA:

Toda acción que daña físicamente a la mujer causándole dolor físico, lesiones o enfermedades. En definitiva, cualquier tipo de mal orgánico o riesgo de tenerlo, con independencia de que se usen armas o no para cometer dicha agresión.

Estas pueden ser:

  • Activas (visibles): Golpes de diferente intensidad, bofetadas, pellizcos, empujones, puñetazos, cortes, intentos de estrangulamiento, mordeduras, palizas, quemaduras, lanzar o golpear objetos, etc.
  • Pasivas (invisibles): No facilitar que la mujer mantenga un cuidado sanitario básico, prohibir su adecuada alimentación, impedir su descanso o no actuar en situaciones en las que necesite atención médica.

VIOLENCIA PSICOLÓGICA:

Toda acción que daña o puede dañar emocionalmente a la víctima, así como a su integridad cognitiva, y que está dirigida a producir un dolor emocional. Minusvalorarla, anularla, intimidarla, causarle miedo y hacerla responsable y culpable del maltrato que está recibiendo y dependiente de su agresor.

Puede ser:

  • Activas: Insultos, culpabilización, desvalorizaciones, humillaciones, burlas, descalificaciones, observaciones mordaces, coerción, críticas, desprecios, gritos, miradas o posturas intimidatorias, chantajes, amenazas, ridiculizaciones, etc.
  • Pasivas: Abandono y aislamiento emocional, incomunicación, ausencia o negación de cuidado, falta de reconocimiento del valor y las cualidades de la mujer, ensalzar a otras mujeres o personas y no alabar nunca sus cualidades, monopolizar las conversaciones para que ella no se pueda expresar, centrar las verbalizaciones sobre ella en sus errores o fallos, ironía, descalificaciones soterradas, cinismo, etc.

VIOLENCIA SEXUAL:

Toda acción dirigida a obligar a la mujer a realizar una conducta sexual que no desea.

Pueden ser:

  • Activas: Imponer a la mujer una conducta o conductas sexuales no deseadas, forzarla, coaccionarla, amenazarla o sugestionarla con mensajes manipuladores para conseguir que actúe en contra de su voluntad.
  • Pasivas: Ignorar las necesidades sexuales de la mujer. Despreciarla y no mantener relaciones sexuales con ella, tener relaciones sexuales con otra mujer, en otra relación sentimental o mediante el uso de la prostitución. No procurar el disfrute sexual de la mujer y provocar dolor físico que pueda experimentar la mujer en la relación sexual.

VIOLENCIA ECONÓMICA:

Toda acción dirigida a debilitar económicamente a la mujer para hacerla dependiente del agresor o aprovecharse de su trabajo y esfuerzo para vivir y cubrir sus necesidades.

Pueden ser:

  • Activas: Imponer a la mujer que trabaje para mantener el hogar y los gastos del agresor, sus caprichos o de las sustancias de las que pueda ser dependiente. Gastar el dinero de la mujer o de la familia a escondidas. Controlar y decidir en qué se gasta el dinero. Obligar a la víctima a contraer deudas o a pedir créditos de los que el agresor no se hace responsable. Apoderamiento de los bienes de la mujer, obligarla a justificar todos los gastos, etc.
  • Pasivas: A la mujer se le impide trabajar, por lo que se crea una dependencia con respecto al agresor. En muchas ocasiones, estas conductas violentas son camufladas y justificadas por el hombre con mensajes que tratan de hacer creer a la mujer que son bienintencionadas: “Lo hago porque quiero que tú no te canses”, “lo hago para tenerte como una reina”…

Ocultar el dinero, bienes o los movimientos económicos que efectúa el maltratador.

VIOLENCIA SOCIAL:

Toda acción dirigida a separar y aislar a la mujer de sus familiares, amigos y su entorno social o viceversa.

  • Activas (directas): Impedir a la mujer mantener relaciones sociales, con la familia, amigos o compañeros/as de trabajo. Ejercer la violencia psicológica en público.
  • Pasiva (indirectas): Dar una imagen extremadamente positiva de sí mismo a la gente que rodea a la víctima que impida a la mujer ser creída o tomada en consideración cuando decida dejar de silenciar el maltrato. Criticar, desvalorizar. Crear en la mujer una mala impresión, y cuestionar la apreciación hacia la mujer, de su red familiar y social. Hacerle creer que su entorno no es bueno para ella y así lograr el distanciamiento. Cuestionar la necesidad de tener contacto con otras personas, para lograr que la víctima sólo se relacione con él y aislarla. Coquetear con otras mujeres delante de la víctima. Mostrarse descortés y desagradable en reuniones sociales para lograr que el círculo de amigos y familiares evite tener contacto con la mujer. Conseguir crear ideas negativas de la mujer a las personas que se relacionan con ella para que piensen que es rara, mala persona, etc.

Hay que tener en cuenta que no se llega a la violencia física en todas las situaciones de maltrato, pero nos podemos encontara ante estas dos coyunturas:

  • Que un agresor nunca utilice la violencia física, porque es consciente de que si la emplea podría perder el control sobre la víctima si ella identifica que sufre una situación de maltrato. Estos agresores suelen emplear frases como: «Yo no te he pegado nunca, no puedes decir que te he maltratado». Incluso suelen “solidarizarse” con las mujeres maltratadas que aparecen en los medios de comunicación para confundir a la víctima y negar así sus episodios de violencia.
  • Que el agresor quiera más y más control y no le baste la violencia psicológica para conseguirlo y que, por tanto, pase a la agresión física. Cuando el agresor toma conciencia de que la mujer soporta la violencia física y no rompe la relación, se volverá muy peligroso y la violencia se recrudecerá.

3.1.2 Ciclo de la violencia de género

La teoría del ciclo de la violencia, formulada por la antropóloga Leonor Walker, es muy útil para entender los comportamientos de las mujeres que sufren violencia por parte de sus parejas masculinas. Este ciclo ayuda a comprender, sobre todo, la vuelta de la víctima con su agresor, algo que puede provocar en algunas/os profesionales un cierto sentimiento de fracaso o incluso de “enfado” hacia la mujer que sufre violencia.
La violencia de género se mantiene a lo largo del tiempo y se lleva a cabo de forma intermitente, alternando los momentos de tensión y violencia con otros de calma, tranquilidad e incluso afecto.
Esta intermitencia o alternancia se caracteriza por seguir un ciclo de tres etapas:

 

FASE 1. ACUMULACIÓN DE TENSIÓN

Se caracteriza por cambios imprevistos y repentinos en el estado de ánimo, enfados ante cualquier problema en la convivencia, reacciones agresivas ante cualquier frustración o incomodidad… (La comida no está a su hora o a su gusto, ella no está cuando él la «necesita» para algo, los hijos e hijas hacen mucho ruido…). El hombre está «muy sensible» (todo le molesta) y cada vez más tenso e irritado. En esta fase, la mujer intenta controlar la situación con comportamientos que anteriormente le han servido: Es condescendiente con él, intenta satisfacer o incluso anticiparse a sus deseos y caprichos, procura no hacer nada que le desagrade y hace todo lo posible para poder complacerlo. Tiende a minimizar los incidentes («no fue para tanto», «pudo haber sido peor»), excusarlos, justificarlos, y achaca la tensión de su agresor a causas externas. Esta fase se puede mantener durante largos períodos de tiempo.

FASE 2. EXPLOSIÓN DE VIOLENCIA

El agresor ejecuta la tensión acumulada en la fase anterior mediante un incidente agudo. Esta descarga puede adoptar distinta formas y grados de intensidad. No se debe caer en el error de pensar solamente en la agresión como forma de explosión o descarga, ya que se puede dar de muchas formas activas o pasivas (gritar, ignorarla, golpear muebles, amenazarla con abandonarla, no hablarle, etc.). La motivación del maltratador es castigar los comportamientos de la mujer que él considera inadecuados desde su planteamiento de poder y desigualdad. El incidente agudo de violencia se detiene cuando el maltratador piensa que ella «ha aprendido la lección». La mujer cataloga el enfado como una situación de “fuera de control”. Cuando finaliza esta fase de descarga de la violencia, la mujer que la sufre queda en un estado de conmoción. No se cree lo que ha pasado, minimiza el ataque y las heridas recibidas e incluso llega a negar lo que ha sucedido.

FASE 3. LUNA DE MIEL

Fase de manipulación afectiva que se caracteriza por la disminución de la tensión y adopta distintas formas: El maltratador puede pedir perdón y prometer no volver a ser violento, reconocer su culpa y plantear cambios (incluso mediante tratamiento) para el resurgimiento de la relación. El maltratador ha ejercido el castigo en la fase de explosión («necesario» para que ella se adapte a los comportamientos que él espera), pero no puede permitirse ejercer la violencia de forma continuada ya que la mujer tendería a conductas evasivas o de escape. Por ello, tras el castigo, adopta conductas para manipularla afectivamente y así conseguir que permanezca en la relación. La victimización de la víctima se hace más profunda, pues se estrecha la relación de dependencia mujer-maltratador.

En esta fase, la mujer también abandonaría la idea de dejar la relación si ella había tomado la decisión de acabarla por el acoso emocional y afectivo del agresor.

Ante esta «nueva» actitud del maltratador, las mujeres suelen retirar los cargos, abandonar el tratamiento y tomar como real la esperanza de que todo cambiará.

Esta fase tiene una duración temporal limitada ya que no responde a un arrepentimiento real, sino a la percepción del maltratador de que no haya riesgos en la continuidad de la relación. Analiza a la pareja desde la subjetividad del dominio y la desigualdad por lo que pronto se iniciará otra fase de acumulación de la tensión y el ciclo se repetirá.

Si las personas que pretenden ayudar a la mujer que sufre violencia no conocen y comprenden este ciclo pueden acabar también bajo la manipulación. Generalmente, la mujer acude a pedir ayuda después de una fase de explosión, especialmente, importante o dañina para ella y que la lleva a superar el miedo, la vergüenza y la sensación de fracaso vital que supone asumir que su pareja es violenta. No podemos perder de vista que tras esa fase de explosión llegará la de “luna de miel”. Es decir, cuando el maltratador logra acceder a ella (personalmente, por teléfono, a través de los hijos e hijas o personas cercanas) y se mostrará como un hombre arrepentido. Le suplicará perdón, jurará que no lo volverá a hacer y le prometerá cambiar y/o acudir a tratamiento, etc. Esta situación puede llevar a la mujer a renunciar a la ayuda que ha pedido.

Si como profesionales no conocemos cómo funciona el ciclo de violencia, y somos conscientes de que la mujer ha sido manipulada una vez más, la culpabilizaremos erróneamente de la violencia a la que está sometida.

3.1.3 Denunciar

La denuncia es una de las formas que tienen las mujeres víctimas de violencia de género para romper con la situación que están sufriendo y es la manera de poner en marcha los mecanismos de protección de la Administración de Justicia. Por eso, es importante que, cuando una mujer interponga una denuncia, lo haga con apoyo y asesoramiento adecuados. Esto evitará que se retracte o se arrepienta de haberlo hecho.
Los hechos que se pueden denunciar son: Amenazas, coacciones, insultos, agresiones físicas (incluso si no producen lesión) y agresiones sexuales. Si ocurren de forma reiterada se consideran delitos de violencia habitual.
Las denuncias se pueden presentar en una comisaría de Policía Nacional, puesto de la Guardia Civil, en un juzgado de guardia y en una oficina de la Policía Local (cuando es urgente y no hay cerca una comisaría de Policía Nacional, cuartel de la Guardia Civil o juzgado de guardia). A través del 112 también se podrá activar los dispositivos de atención y emergencia a mujeres víctimas de violencia.

La denuncia puede ser interpuesta por:

  • La víctima de la agresión. Aunque no es obligatorio, es recomendable que presente la denuncia asistida por un/a abogado/a.
  • Cualquier persona que tenga conocimiento del delito. Quien presencie la perpetración de cualquier delito público está obligado a ponerlo inmediatamente en conocimiento del juzgado o de la policía. Por lo general, estas denuncias se están archivando si la víctima no es quien denuncia, a no ser que existan menores en peligro. En este caso, el fiscal está obligado a continuar con el procedimiento.
  • La policía. Los atestados policiales tienen valor de denuncia.
  • Servicios médicos. La ley obliga a los médicos a comunicar o denunciar los posibles delitos de los que tengan conocimiento. Desde 1997, existe un protocolo de actuación sanitaria que establece las directrices que tiene que seguir el personal sanitario.
  • Servicios sociales. Pueden asesorar a la víctima y comunicarse con los servicios sanitarios para que hagan un parte de las agresiones que será enviado inmediatamente al juzgado de guardia.
  • Las autoridades judiciales. A partir de la reforma del Código Penal de 1999, tienen obligación de iniciar el procedimiento penal una vez que tengan conocimiento de la comisión del delito, con independencia de que exista denuncia de la víctima o de sus representantes legales.

3.1.4 Características del maltratador

No hay un perfil social de maltratador. La violencia contra las mujeres es ejercida por hombres de diferentes edades, status económicos, culturales y sociales.
No es la situación económica, familiar o profesional la que hace que un hombre sea un agresor, sino las ideas y los mensajes de superioridad con respecto a las mujeres que ha recibido desde su niñez. Además, hay que sumar sus inseguridades, confusiones y frustraciones que materializará en forma de gritos, insultos y golpes, en el momento en que se cuestione su situación de poder.
No hay un perfil tipo de maltratadores, como hemos visto, pero sí se repiten una serie de rasgos que los caracterizan:

  • En el ambiente de familia se muestran violentos y agresivos, pero seductores y persuasivos de cara a los demás en su vida pública. Un factor de riesgo es que hayan sido también testigos de violencia en su núcleo familiar.
  • Reiteran estas conductas con otras mujeres con la que mantienen relaciones de pareja. Muchos de ellos muestran un alto grado de dependencia hacia la mujer y un escaso desarrollo de su autoestima.
  • No asumen su violencia, ni la consideran un problema, tienden a justificarla y minimizarla.
  • Suelen ser inseguros, celosos, dominantes y agresivos. Mantienen claras actitudes sexistas y se creen todos los estereotipos sobre la mujer
  • Son personas de valores tradicionales respecto al género y al papel tradicional que hombres y mujeres deben cumplir.
  • En síntesis, los maltratadores no pertenecen a ninguna clase social, económica, cultural, religión o grupo étnico determinado.

3.2 MUJERES CON TRASTORNO MENTAL GRAVE Y VIOLENCIA DE GÉNERO

Las mujeres con trastorno mental grave (TMG) ven cuestionada sistemáticamente la veracidad de su condición de víctimas con argumentos como la descompensación psicopatológica o su propio comportamiento como causa de estas situaciones.

En otras ocasiones, las y los profesionales que las atienden se amparan en el mito de que se pueden descompensar si se visibiliza una situación de violencia de la mujer. Una idea que carece de fundamento científico. Lo único que esto ocasiona es que no se estén detectando los casos de violencia que están sufriendo las mujeres con TMG en su presente y pasado.

Además, en los supuestos donde sí se detectan, las mujeres no están recibiendo una respuesta adecuada ya que los servicios públicos no están adaptados a sus necesidades.

Es necesario que las y los profesionales que desempeñan las tareas de atención directa con personas con problemas de salud mental profundicen en el conocimiento de la violencia de género.

También nos encontramos con una enorme dificultad para encontrar estudios, análisis o estadísticas de análisis sobre mujeres con TMG y violencia de género. Esta es otra manera más de violencia, la institucional, que invisibiliza esta realidad.

Es de vital importancia poner el foco sobre las situaciones de maltrato de las mujeres con TMG.

Las personas con TMG son especialmente vulnerables y esta vulnerabilidad se agrava cuando introducimos la variable género. A pesar de los pocos datos existentes, podemos señalar que las mujeres con un diagnóstico de trastorno mental grave (TMG) están más indefensas, o tienen mayor probabilidad de padecer violencia de género, que las mujeres sin un diagnóstico de TMG.

La incomprensión social de las personas con enfermedad mental hace que los falsos mitos sobre su violencia y agresividad provoque que sea muy difícil visualizar la violencia que sufren. Sin embargo, detallamos estos datos de ámbito estatal sobre las mujeres con TMG (FEDEAFES 2017)::

El trastorno mental lleva implícito el estigma de poca credibilidad que invalida cualquier discurso posterior y, en algunos casos, se justifica incluso la actitud del maltratador. Esta es una de las causas principales por las que estas mujeres no se atreven a manifestar su situación de maltrato.
Algunas de las causas que provocan una mayor vulnerabilidad en las mujeres con TMG y, por tanto, de sufrir violencia de género son las siguientes:

  • El estigma de la enfermedad mental provoca soledad y aislamiento.
  • No disponer de red de apoyo o empleo: Tienen dependencia personal, asistencial y económica.
  • No acceso a la información y recursos: Inadecuación de los servicios públicos a sus necesidades.
  • Discriminación y rechazo social: Lo que disminuye las posibilidades de detectar e intervenir ante situaciones de violencia de género.
  • La menor credibilidad que se concede a su relato.
  • Baja autoestima.
  • Mayores probabilidades de experimentar relaciones desiguales, por su dificultad para encontrar pareja, vinculadas al estigma.
  • Sentimiento de no ser capaces de afrontar la vida en solitario.
  • Mayor tendencia a justificar las relaciones abusivas hacia ellas debido al sentimiento de poca valía.

Muchos de estos factores tienen causas de origen social, por lo que se puede trabajar para minimizarlas y fomentar el empoderamiento y la participación social de las mujeres con TMG.

Por todo lo descrito con anterioridad podemos concluir que una mujer con TMG tiene más posibilidades de sufrir violencia, aunque no todas la sufren. Tenemos que tener en cuenta los factores de protección contra la violencia que se detallan a continuación:

  • Disponer de una red y de apoyo social y familiar.
  • La participación social.
  • No estar en situación de pobreza.
  • Incorporar la perspectiva de género en la intervención por parte de los y las profesionales y los servicios públicos, trabajando en el empoderamiento de las mujeres.

Para poder ayudar a las mujeres con TMG hay que intentar romper ciertas barreras tanto internas (de la propia mujer) como externas (de la sociedad):

INTERNAS:

  • La culpa y la vergüenza que viven las víctimas y que les dificultan verbalizar su situación.
  • La minimización o la justificación del comportamiento del agresor por parte de la mujer.

EXTERNAS:

  • La falta de credibilidad que se le da al relato de las víctimas cuando verbalizan una situación de violencia.
  • Juzgarlas cuando verbalizan una situación de violencia, ya que se tiende a culpabilizarlas de la violencia que sufren.
  • El miedo de las y los profesionales que les atienden a abordar esta temática, motivado en ocasiones por el mito -totalmente infundado- de la descompensación.
  • El miedo de las y los profesionales a no saber cómo actuar.
  • El miedo a ofenderla. El 95% de las mujeres no han sido nunca preguntadas, en el ámbito sanitario, sobre su relación con su pareja u otras cuestiones que permitan indagar en la existencia de violencia de género.

3.3 DETECCIÓN DE CASOS DE MALTRATO EN MUJERES CON TMG

Para poder detectar esta problemática es imprescindible contar con una formación en violencia de género y trabajar con una actitud de continua alerta. Tenemos que estar atentos/as ante las señales que puedan revelar una posible situación de maltrato.
La pauta principal es tener siempre en mente que la mayoría de las mujeres con TMG que se atienden en las consultas, en los servicios sociales o en las asociaciones, están sufriendo o han sufrido en el pasado violencia psicológica, física y/o sexual tanto en la pareja como en el ámbito familiar.
Es de vital importancia crear un vínculo de confianza y respeto entre el o la profesional y la mujer. Tenemos que respetar sus tiempos, sin forzarla para obtener información sobre un posible maltrato. Se genera así un ambiente de intimidad que ayudará a encontrar el momento idóneo para que cuente lo que le está pasando.
La gran dificultad añadida que nos encontramos en salud mental en este terreno es que muchos de los síntomas, para alertar sobre posibles episodios de violencia de género, son inherentes a la enfermedad.
No podemos olvidar nuestro rol de profesionales de salud mental y, por eso, en esta guía podemos encontrar la información necesaria sobre los recursos especializados para acceder a la información, poder coordinarnos, acompañar y poder facilitar el acceso a éstos recursos y servicios a las personas usuarias.

Estos son algunos consejos que pueden ayudar a favorecer la detección de situaciones de maltrato:

  • Trabajar coordinadamente con el personal sanitario y pedir que, en las valoraciones o evaluaciones iniciales, incluyan de forma sistemática una serie de preguntas que permitan valorar posibles situaciones de maltrato. Cuestiones que vayan de lo general a lo concreto: “¿Cómo están las cosas en casa?” “¿Cómo es la relación con las personas con las que convive?” “¿Cómo se resuelven las discusiones en casa? “¿Tiene algún problema con su pareja?, “¿Has sentido alguna vez miedo?” etc.
  • No desvalorizar las opiniones, sentimientos o hechos en relación al maltrato.
  • Observar las actitudes y estado emocional. Facilitar la expresión de sentimientos.
  • Mostrar una actitud empática con una escucha activa.
  • Abordar directamente el tema de la violencia y expresar de forma clara que nunca está justificada.
  • Decirle que no tiene por qué denunciar y que tiene derecho a recibir ayuda. Trasladarle que se la puede ayudar a salir de su situación, respetando siempre sus decisiones y su ritmo.
  • Preguntar por la situación de otras personas que viven en su casa, sobre todo, hijas e hijos. En muchos momentos, le puede resultar más fácil darse cuenta de lo que está sucediendo a partir del relato de otras personas.

Otras señales de alerta ante una posible situación de violencia de género, teniendo en cuenta que algunos de estos indicios pueden no serlo en personas con TMG, pueden ser las siguientes:

  • Cambio frecuente en la sintomatología sin que haya detrás un claro factor desencadenante.
  • Tendencia a culparse por los síntomas de la enfermedad, auto-descalificaciones.
  • Incumplimiento de las citas sin una causa clara.
  •  Si alguna vez ha hecho alguna insinuación o tiende a justificar al agresor en otros momentos.
  • Que la mujer acuda siempre a consulta en compañía y su acompañante insista en entrar.
  • Negativa a hablar acerca de sus relaciones familiares o hacerlo de forma escueta y sin profundizar.
  • Expresar deseos de abandonar el hogar.
  • Control injustificado y excesivo del dinero por parte de sus familiares o pareja.
  • Vestir ropa inadecuada con el objetivo de ocultar lesiones.
  • Actitud sospechosa y controladora por parte de la pareja.
  • Acude sola a urgencias o no recibe visitas cuando está ingresada.

Las lesiones físicas en la mujer también pueden ser indicadores de una situación de maltrato cuando:

  • Intentar explicar la lesión de una forma incoherente.
  • Tener una alta propensión a la “accidentalidad”.
  • Las huellas de golpes o hematomas se encuentran en diferentes partes del cuerpo.
  • Ocultar el origen de las lesiones o no acudir a la consulta de forma inmediata después del accidente.

CUANDO LA MUJER RECONOCE EL MALTRATO

 

SI NO
Transmitirle que no es la culpable de lo que está sucediendo Dar falsas esperanzas ni dar a entender que todo se va a arreglar fácilmente.
Creer en su testimonio sin emitir juicios. Intentar disminuir el temor a la revelación del maltrato. Hacer juicios, ni criticar la actitud o la no respuesta de la mujer. No imponer criterios ni decisiones.
Ayudarle a pensar, ordenar sus ideas y a tomar decisiones Utilizar frases como “¿Por qué sigues con él?”; “Si quisiera acabar ya se hubiera ido…”
Informar y alertarla de los riesgos y aceptar su decisión

Infravalorar la sensación de peligro que expresa.

Coordinación con los recursos adecuados y acompañarla si decide acudir.

Recomendar terapia de pareja o mediación familiar.

No tiene por qué denunciar. Informar que tiene derecho a recibir ayuda y que se le va a apoyar a salir de su situación respetando siempre sus decisiones y su ritmo. Presionar para que vaya a denunciar.

Si en momentos de descompensación psicopatológica existen contenidos delirantes hay que contrastarlos con el relato que realiza en momentos de estabilidad. Si surgieran dudas sobre la existencia real de violencia tenemos que verificarlas con el equipo profesional. Con todo, se debe tener en cuenta que estos casos son la excepción y no la norma.

CUANDO LA MUJER NO RECONOCE EL MALTRATO

SI NO
Mostrar siempre empatía. Forzarla a tomar decisiones y enjuiciarla puede aumentar su culpabilidad o vergüenza.
Darle los apoyos necesarios con el objetivo de prepararla para romper el silencio. Minimizar, ni silenciar lo que está ocurriendo.

Si valoramos que la mujer está en riesgo vital se debe plantear una intervención más activa e inmediata y acudir a los servicios especializados. Debemos tener en cuenta que lo más probable es que niegue la situación por miedo.