SALUD MENTAL Y GÉNERO

2.1 CONCEPTOS BÁSICOS DE GÉNERO

Para hacer frente a la desigualdad es importante distinguir entre estos dos conceptos: Sexo y género.

El sexo es biológico y fisiológico, se nace con él (órganos sexuales, hormonas, genes) y determina las características físicas de la persona. Hablamos de género cuando hacemos referencia a la construcción social y cultural que adquirimos a lo largo de la vida. Se trata de los roles, las responsabilidades y las oportunidades que cada sociedad asigna al hecho de ser hombre o mujer y las relaciones socioculturales que se establecen entre mujeres y hombres, niñas y niños.

Entender la distinción entre sexo y género es el pilar de cualquier acción contra las desigualdades de género, porque la desigualdad no es algo natural sino estructural y sitúa en una posición de inferioridad a la mujer, por el mero hecho de serlo. Esta construcción social y cultural se puede cambiar y reconstruir en pro de la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres.

Las características específicas de las relaciones de género son:

  • Una construcción social: Cada contexto cultural asigna a mujeres y hombres un conjunto de funciones, actividades, relaciones sociales y formas de comportamiento. Los hombres y las mujeres no nacen con estas funciones, sino que las aprenden a lo largo de su vida, lo que se espera de ellos y ellas como hombres y mujeres.
  • Específicas: Cada cultura tiene su visión sobre los roles y las relaciones de género.
  • Estructuran la vida cotidiana de las personas: Las relaciones de género determinan los derechos, las obligaciones y las responsabilidades respectivas de las mujeres y de los hombres.
  • Cambian: Las relaciones de género cambian a lo largo del tiempo. No somos las mismas mujeres y hombres que nuestras abuelas y nuestros abuelos y tampoco tenemos las mismas relaciones entre hombres y mujeres que hace cincuenta años.

Además, nuestros roles cambian a lo largo de nuestra vida: Infancia, edad adulta, vejez, etc.

Por lo tanto, tenemos que tener claro que:

2.1.1 Diccionario de términos básicos

La identidad de género:

Es la percepción que cada persona tiene sobre sí misma en cuanto al género, y puede o no coincidir con las características sexuales. La persona basa su conducta y su forma de ser y pensar en el género con el que se siente identificada independientemente de su sexo, orientación sexual, edad, nivel socio-económico, etc. En resumen, podemos decir que nuestra identidad de género es quiénes somos, cómo actuamos, cómo nos perciben y cómo uno se siente sobre sí mismo.

Estereotipos de género:

Conjunto de creencias o ideas preconcebidas sobre las características consideradas apropiadas para mujeres y hombres. Determinan las conductas, comportamientos y actitudes que deben tener las personas según su grupo de pertenencia, es decir, son los atributos de feminidad para las mujeres y de masculinidad para los hombres. Con el tiempo, estas características se naturalizan y se asumen como verdades. Los estereotipos impiden que se desarrollen nuevas capacidades…

Perspectiva de género:

A modo de imagen hablamos de” las gafas” que nos permiten ver cómo se articulan las relaciones de género en todos los aspectos de la vida humana y cómo estas relaciones generan y perpetúan desigualdades entre mujeres y hombres. 

La perspectiva de género implica asumir que los fenómenos sociales, económicos, políticos e ideológicos no son neutros y conllevan una ausencia de neutralidad.

Igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres:

Fundamentado en el principio de igualdad, se refiere a la necesidad de corregir las desigualdades que existen entre hombres y mujeres en la sociedad. Constituye la garantía de que mujeres y hombres puedan participar en diferentes esferas (económicas, política, participación social, de toma de decisiones) y actividades (educación, formación, empleo) sobre bases de igualdad.

Machismo:

Conjunto de actitudes y comportamientos de prepotencia y de desvalorización con respecto a las mujeres cuyo objetivo es mantener la posición de subordinación de las mujeres con respecto a la posición de dominación de los hombres. Responde a una forma particular de organizar las relaciones entre los géneros. Se caracteriza por el énfasis en la virilidad, la fuerza y el desinterés respecto a los asuntos domésticos por parte de los varones.

Micromachismos:

Son manifestaciones sutiles, que a menudo nos pasan totalmente inadvertidas, de machismo.  Comportamientos diarios que tanto hombres como mujeres tenemos completamente asumidos y que, aunque son sutiles y de apariencia inofensiva, ponen en evidencia una desigualdad cultural entre géneros que maneja de una manera implícita las actitudes que uno y otro deben adoptar.

Los micromachismos se pueden clasificar en 4 tipos:

    • Utilitarios: Hace referencia a la asunción implícita de que las tareas domésticas y el cuidado de las personas que se encuentran en este, son inherentes al hecho de ser mujer. En la casa, un ejemplo claro de un hombre supuestamente colaborador se vería en la frase: “Cariño, te he puesto la lavadora”. A lo que una mujer que los detecte debería preguntar: “¿Dónde?”, dado que ambos ensucian ropa.
    • Encubiertos: Son muy sutiles y buscan la imposición de las “verdades” masculinas para hacer desaparecer la voluntad de la mujer, que termina coartando sus deseos y haciendo lo que él quiere. Hay micromachismos en los silencios, en los paternalismos, en el “ninguneo” y en el mal humor manipulativo. Quién no ha escuchado en casa: “Calla, que papá está enfadado, viene muy cansado del trabajo y necesita las cosas así”
    • De crisisSurgen cuando ellas empiezan a romper la balanza de la desigualdad en la pareja. Un ejemplo sería el de la mujer que obtiene un nuevo trabajo y que es cuestionada por ello en su hogar, ya que sus capacidades como madre se verán afectadas, llenándola de culpabilidad si aceptara este trabajo.
    • Coercitivos: En ellos el hombre usa la fuerza moral, psíquica o económica para ejercer su poder, limitar la libertad de la mujer y restringir su capacidad de decisión. Se ven en quién ocupa el mejor sillón de la casa, quién tiene el mando de la televisión, etc… En cuanto al tiempo, el hombre, lo dicen todos los estudios, cuenta con más ocio para sus cosas, ya sea irse a montar en bici o irse con sus amigos a ver el fútbol…

    Patriarcado:

    Sistema que organiza las desigualdades de género desde el punto de vista social, político, económico, religioso y cultural. Se basa en la idea de predominio de los hombres sobre las mujeres. El patriarcado transforma la jerarquía de género en poder en mano de los hombres para subordinar a las mujeres, manteniendo y perpetuando roles y estereotipos jerarquizados de género.

    Feminismo:

    Corriente de pensamiento en permanente evolución para la defensa de la igualdad de derechos y de oportunidades entre ambos sexos. Constituye una forma diferente de entender el mundo, las relaciones de poder, las estructuras sociales y las relaciones entre los sexos.

    Sororidad:

    Se refiere al apoyo, coexistencia y solidaridad entre las mujeres frente a los problemas sociales.Tiene que ver con lo que hacemos para dejar de pensar que las mujeres representan una competencia y una amenaza (cómo se nos ha educado) y basar nuestros vínculos en el apoyo, la empatía y la solidaridad teniendo en cuenta que todas tenemos algo en común: somos mujeres viviendo en un sistema patriarcal.

    Espacio público:

    Se identifica con el ámbito productivo, con el espacio de la “actividad” donde tiene lugar la vida laboral, social, política, económica; es el lugar de participación en la sociedad y del reconocimiento. Tradicionalmente es un ámbito donde reina la figura del hombre

    Espacio doméstico:

    Ámbito reproductivo, con el espacio de la “inactividad”, donde tiene lugar la atención a la familia (crianza, los afectos y el cuidado de las personas dependientes), es decir, donde se cubren las necesidades personales y del cuidado del hogar (lavar, planchar, cocinar, proveer de alimentos, etc.). Tradicionalmente un espacio donde se sitúa a las mujeres

    Espacio privado:

    Espacio y tiempo propio que no se da a otras personas sino para uno/a mismo/a, alejado del doméstico o del público. Aquí las personas se cultivan para proyectarse luego en el ámbito de lo público. Diferentes autoras han puesto de manifiesto cómo la privacidad es una parcela de la que disfrutan principalmente los hombres. En el caso de las mujeres tiende a confundirse con lo doméstico desplazándolas de poder disfrutar de ese espacio para sí mismas. Las mujeres tienen menos tiempo para el ocio, el descanso y el desarrollo personal en todo el mundo.

    Desigualdades de género:

      Diferencias de situación entre mujeres y hombres que derivan de los roles y estereotipos jerarquizados de género mantenidos y perpetuados a través del sistema patriarcal. Se traducen en:

    • Desigualdades económicas: Desigualdades monetarias, en las condiciones de vida y capacidades
    • Desigualdades sociales: Exclusiones sociales y marginaciones específicas que sufren las mujeres
    • Desigualdades culturales: Prácticas culturales nefastas que se aplican sólo a las mujeres y no a los hombres.
    • Desigualdades políticas: Desigualdad en la participación y toma de decisiones.
    • Desigualdades éticas: Un comportamiento que se considera “bien” para los hombres puede considerarse “mal” para las mujeres.

    Victimización secundaria:

    Hace referencia a la mala o inadecuada atención que reciben las mujeres víctimas de violencia de género por parte del extenso entramado de instituciones sociales (sistema sanitario, social, policial, judicial, educativo e informativo).
    Desde esta perspectiva se neutralizan las causas del delito y se establece una relación entre la víctima y el agresor. Según dicha relación, se considera que la víctima tiene cierta predisposición para desencadenar el delito, llegándose incluso a criminalizarla, y trayendo como consecuencia una disminución de la responsabilidad del agresor.
    Las mujeres víctimas de violencia de género que padece un problema de salud mental, sufren una victimización secundaria por el sistema que las atiende cuando no son detectadas y/o identificadas y cuando sus testimonios son cuestionados o puestos en duda.

    2.2 LA INTERSECCIONALIDAD

    El marco teórico feminista nos ofrece otro concepto clave para entender procesos de discriminación múltiple, como el que viven las mujeres con discapacidad, que es el concepto de interseccionalidad. El término surgió como resultado de las demandas de feministas negras que defendían la necesidad de una mirada que analizara la tríada ‘raza, clase y género’, pero posteriormente diferentes autoras han añadido las categorías específicas en las que estaban interesadas, tales como edad, discapacidad, sedentarismo o sexualidad.

    Las mujeres con problemas de salud mental sufren niveles múltiples y simultáneos de discriminación. Por un lado, las vinculadas al mero hecho de ser mujer, el rol social y cultural que se les asigna. Por otro lado, tener una discapacidad y, por último, la imagen social estigmatizada de la salud mental con respecto a otras discapacidades. Las mujeres con problemas de salud mental son especialmente vulnerables, en particular, sufren riesgo de rechazo, aislamiento y exclusión social.

    Por tanto, estamos ante tres categorías diferentes de discriminación (mujer, discapacidad y estigma social) que interactúan de manera simultánea. A este fenómeno se le denomina interseccionalidad. Un enfoque interseccional es imprescindible para atender a todos los factores de discriminación y garantizar los derechos de todas las personas.

    Teniendo presente la interseccionalidad, no se puede abordar cada factor por separado, sino que hay que observar sus efectos concurrentes sobre cada persona. La introducción de la interseccionalidad crea, por tanto, realidades más diversas. Por eso hablamos de múltiple discriminación y de mujeres en plural, ya que no todas viven realidades coincidentes.

    Muchas mujeres con discapacidad se cuestionan la etiqueta del género femenino y caen en la cuenta de que dicha etiqueta, blanca, heterosexual, joven, bella, ama de casa y con la maternidad como destino principal”, no tiene nada que ver con ellas y además se les niega. La intersección del género y la discapacidad resulta en un sujeto anómalo que escapa a la normatividad.1

    Las interseccionalidades tienen que formar parte innegociable del discurso de los derechos humanos y específicamente, de la lucha a favor de los derechos de la mujer.

    2.2.1 Ser Mujer con Problemas de Salud Mental

    El género, como constructo social bien definido en una sociedad patriarcal, también genera situaciones de desigualdad entre las mujeres y los hombres con discapacidad.

    A pesar de ello, las mujeres con discapacidad, entre las que se encuentran las mujeres con problemas de salud mental, no han sido tomadas en cuenta a la hora de luchar por los derechos de las mujeres y han quedado excluidas e invisibilizadas durante todos estos años de lucha.

    “Para el imaginario colectivo, las mujeres con discapacidad han sido consideradas durante años como objetos que debían ser atendidos, pero nunca como sujetos titulares de derechos y, por lo tanto, protagonistas de su propia historia. Esto ha dificultado enormemente las posibilidades de encuentro entre grupos que han dirigido sus reivindicaciones en paralelo, sin crear alianzas.”2

    Las personas con problemas de salud mental presentan características particulares y se enfrentan a dificultades diferenciales con respecto a otras personas con discapacidad, particularmente agravadas en el caso de las mujeres con trastorno mental grave (TMG).

    1 LA TRANSVERSALIDAD DE GÉNERO EN LAS POLÍTICAS PÚBLICAS DE DISCAPACIDAD – MANUAL Vol. II. Grupo editorial Cinca; Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (CERMI).
    2 Fuente: CERMI. Colecciones. Generosidad.

    Observamos que las mujeres con problemas de salud mental llevan añadida la desigualdad y discriminación por el hecho de ser mujeres. Se les resta oportunidades y se les niega respuestas específicas desde los distintos sistemas de apoyo y protección social (educación, empleo, salud, servicios sociales, etc.). Es por ello que las mujeres con problemas de salud mental se enfrentan a múltiples dificultades y barreras específicas, con características diferenciales con respecto a otras mujeres y a otros hombres.

    Las investigaciones llevadas a cabo en las últimas décadas han demostrado de manera inequívoca la existencia de claras diferencias tanto en la morbilidad psiquiátrica (número de personas que enferman) como en el patrón de conducta de las personas con problemas de salud mental dependiendo de si son hombres o mujeres. En estas investigaciones se postula que son las variables socioculturales, que actúan a través de los roles y patrones de conducta socialmente impuestos, las que en última instancia, condicionan el modo en que hombres y mujeres manifiestan su sufrimiento y las estrategias que adoptan para satisfacer sus necesidades de atención psiquiátrica.

    Los factores sociales y culturales tienen un papel fundamental en el desarrollo y el mantenimiento de los problemas de salud mental, cuya influencia se manifiesta de diferente manera en hombres y mujeres en función de las matizaciones en los roles que cada uno se ve obligado a desempeñar.

    Por ejemplo, El incremento de la morbilidad psiquiátrica en mujeres casadas de mediana edad, en comparación con las solteras, es un hecho frecuentemente observado. En esencia, hoy se admite que dicha asociación es un rasgo característico de las mujeres, que no se manifiesta en los hombres. Para ellos, el estado civil «casado», se comporta como un factor de protección frente al desarrollo de un problema de salud mental.

    Como ya hemos destacado con anterioridad, los datos nos demuestran que el porcentaje de mujeres atendidas en las Unidades de Salud Mental (USM) es ligeramente superior al de los hombres. Si nos fijamos en los recursos especializados para personas con problemas de salud mental comprobamos que las mujeres representan un porcentaje muy inferior al de los hombres que ocupan una plaza en estos recursos. Además, las mujeres acceden más tarde que los hombres a una de estas plazas. Un hecho de significativa desigualdad que se debe al rol femenino vinculado al trabajo doméstico y el papel de las familias que las sobreprotegen y las impulsan en mayor medida a quedarse en casa.
    El propio diseño y estructura de estos recursos están más pensados para dar respuestas a las necesidades de los hombres con problemas de salud mental y los sitúa como principales usuarios de los mismos. Esta realidad dificulta aún más el acceso de las mujeres que precisan de recursos flexibles y adaptados a sus perfiles.

    La menor utilización de los recursos y servicios priva a las mujeres con problemas de salud mental de oportunidades para la participación social. Ese déficit de participación femenina se deja sentir especialmente en el ámbito del empleo.

    El empoderamiento de las mujeres con problemas de salud mental, entendido como la capacidad de las mujeres para incrementar su auto-confianza, poder y autoridad, de manera que puedan decidir en todos los aspectos que afectan a su vida, se convierte, por lo tanto, en la necesidad urgente del momento.

    Ni la sociedad, ni los poderes públicos, ni los movimientos de mujeres, ni tampoco los de las personas con problemas de salud mental, reconocen verdaderamente sus necesidades e intereses.

    2.2.2 Estigma

    No se define igual a una persona con problemas de salud mental que a una mujer con problemas de salud mental. El estigma se retroalimenta en el caso de las mujeres, por el mero hecho de serlo. A las mujeres con trastorno mental se las llega a tildar de “vagas”, “incapaces”, “malas madres”, “desaliñadas”, “histéricas”, “sensibles” e “inferiores”. Estas percepciones se traducen en que, el 70% de las mujeres con problemas de salud mental, no tienen un trabajo remunerado. El acceso al mercado laboral es una vía de protección muy importante, porque genera una serie de objetivos como el de la participación social y realización personal, además de ser una vía de escape a la violencia de género.El estigma también condiciona el relato de las mujeres con problemas de salud mental, porque se le da poca credibilidad y las descalifica cuando sufren y argumentan algún tipo de abuso o violencia.

    La realidad del estigma social afecta a las mujeres con problemas de salud mental cada día, con implicaciones negativas en su calidad de vida, tanto debidas a la discriminación y rechazo de quienes les rodean y de la sociedad, como debidas a su propio auto-rechazo (autoestigma).

    Las mujeres que sufren problemas de salud mental se enfrentan a su propio autoestigma, donde interiorizan y asumen los prejuicios sociales. Esto desemboca en una percepción negativa de ellas mismas y creen que son merecedoras de dicha discriminación.

    Cuando una mujer con problemas de salud mental interioriza la estigmatización, queda marcada su identidad y les genera sentimientos negativos de sí misma, su autonomía y su capacidad como mujer. Junto a esta imagen distorsionada de ellas mismas, es frecuente que las mujeres con problemas de salud mental hayan perdido o no hayan adquirido nunca habilidades sociales y personales que les permita expresar sus opiniones, defenderse, tomar decisiones, reclamar sus derechos y cambiar su situación. Es de vital importancia que el equipo de profesionales que la acompañan tengan una formación óptima en género y adecúen sus intervenciones para facilitar su visibilización y empoderamiento.

    2.3 FACTORES NEGATIVOS ASOCIADOS A LAS MUJERES CON TMG

    • Sobreprotección, minusvaloración y estigma de la familia: Comportamientos familiares que reciben las mujeres con TMG, tales como relegarlas a las tareas de casa, no dejarlas salir, actitudes de incomprensión y vergüenza, incredulidad ante sus posibilidades de desarrollo personal, etc… Maneras de tratarlas que redundan aún más en su baja autoestima, autovaloración y autoconcepto.
    • Cargas familiares y rol de cuidadora: Con carácter general, las mujeres asumen una mayor responsabilidad y cargas familiares que los hombres. Como ya hemos detallado con anterioridad, es uno de los elementos propios de la desigualdad social entre ambos sexos. En el caso específico de las mujeres con TMG, esta realidad, se ve agravada como consecuencia de su falta de dedicación a otras tareas socialmente aceptadas (tener trabajo, haber conformado su propio núcleo familiar, etc…). Esto produce que sus familias, en muchos casos, no valoren e incluso desprecien actividades que puedan realizar como el hecho de acudir a recursos necesarios para su rehabilitación.

      Además, las expectativas son muy diferentes cuando se trata de mujeres con TMG, porque esperan de ellas que no sólo puedan estar bien, sino que además se ocupen de las cargas familiares. No sucede así en el caso de los hombres con TMG, de los que sólo se espera que se encuentren estables en su enfermedad y tengan actividades fuera que les ayuden en su desarrollo.

    • Dependencia emocional y relacional con la familia: Son factores implicados en lo ya expuesto (sobreprotección, minusvaloración, rol de cuidado en el hogar, etc..) donde se crea un vínculo muy estrecho de las mujeres con TMG y sus familiares, que impide a la mujer desentenderse y/o tomar distancia del rol de cuidadora familiar o persona relegada al hogar, cuando un familiar necesita cuidados. Ya no importa que las mujeres con TMG también necesiten apoyo, porque sus necesidades, ocupaciones, actividades o intereses quedan relegadas a un segundo plano.
    • Los cánones sociales sobre la imagen: La imagen social asignada a las mujeres es recibida también, como es obvio, por las mujeres con TMG y las condiciona a la hora de participar en ciertas actividades, salir, etc… Su imagen se ve deteriorada en ocasiones por los efectos de la medicación, pero también por la sintomatología negativa que les lleva a abandonarse y no cuidar su aspecto físico.
    • Estancamiento en su desarrollo laboral y personal:  Las personas con TMG tienen muchas dificultades para acceder al mercado laboral. Una situación que afecta aún más a las mujeres con TMG, por su particular historia de sobreprotección y aislamiento, y les ocasiona una negación de sus capacidades y potencialidades. Asumen un “estatus de inferioridad” que se traduce en que no conciban el empleo como una posibilidad real.
      De esta manera, el rol de cuidadora y la baja autoestima son factores que las limitan para aprovechar las oportunidades de desarrollo y aprendizaje (tanto en el ámbito de formación y empleo, como en otras actividades: ocio, deporte…).
    • Menos acceso a recursos especializados: Las mujeres con TMG acceden en menor medida a cualquier tipo de recursos con respecto a los hombres y, cuando lo consiguen, lo hacen de manera tardía y en recursos que no están destinados a conseguir su proyecto de vida. Otro indicativo de importante desigualdad.
      Según Plan de Salud Mental de Canarias 2019-2023, en las USM (Unidades de Salud Mental) de Canarias, se atendieron a un total de 69.888 pacientes con un ligero predominio del sexo femenino (55,74%) (RECAP, 2016).
      Este mismo Plan ofrece un dato también significativo: Entre las personas con TMG, las mujeres muestran una prevalencia del doble en relación con la de los hombres. Estos datos demuestran precisamente que las mujeres con TMG no son menos en número y duración de la enfermedad con respecto a los hombres. Sin embargo, nos encontramos con un número reducido de mujeres que son derivadas a los servicios y recursos de salud mental. Así pues, además de todos los factores ya nombrados (sobreprotección, rol femenino, etc.…), existen diferentes “sensibilidades” hacia las mujeres y los hombres en los centros de derivación. Estos recursos tenderían a percibir como menos problemático el hecho de que las mujeres con TMG se queden en casa y naturalicen el rol doméstico femenino con lo que ello conlleva: Privarlas de oportunidades para la participación social y su recuperación.